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martes, 15 de febrero de 2011

La vida con Tara

Tara es una gata persa. Dicen que los bigotes de los gatos son como antenas que miden las distancias entre su cuerpo y el objeto… yo sólo sé que la distancia entre Tara y yo es que ella hace parte de mi y yo soy toda ella. Lo demás es simple teoría. Pero Tara tiene los bigotes más largos del mundo y entonces sólo pienso que la locura es contagiosa.

Tara es borondera y consentida. Tiene mucho de gata, supongo: le gusta la noche y seguro es lunática; ronronera, curiosa, persigue el silencio en las alturas y las mariposas en el jardín de la casa. Le queda difícil camuflarse. Pero Tara no es para nada una gata común: ella come frutas, sobretodo granadilla. Me acompaña a todas partes y tiene la costumbre de lamerme un ojo cuando sigo dormida y ella ya se ha levantado. Tara sabe que es una gata nómada; parte de su particularidad consiste en que a pesar de la territorialidad de su esencia felina, ella comprende que más importante que los lugares son las personas y que vayamos donde vayamos el hogar se lleva siempre en el corazón

La primera vez que le dije a Tara que aún era muy chica para tener gato fue justo después de tres noches tortuosas con su primer calor. Al salir de la ducha encontré la que sería su primer ofrenda de torcaza desplumada. ¿me estaría respondiendo que está lo suficientemente adulta? Tal vez. Pero mi preocupación nunca fue su biología sino que se enganchara con cualquier gato callejero. Una gata en celo es peligrosa y Tara entraba en celo cada tres semanas. Las gatas no tienen ciclos reproductivos como los perros; ellas entran en calor por estímulo pero el vagabundo que la rondaba desapareció hace poco del tejado. A mi también me rompieron el corazón pero por suerte tengo a Tara que se arruncha conmigo. Estoy pensando que he repetido el número 3 muchas veces y es que para mi el tres es un número místico dentro de la composición del universo y quiero creer que es porque Tara completa cualquier vacío entre sujeto/objeto y yo.